ATENCIÓN: Esta sesión será virtual
Enlace de la clase Hora 1:10 pm
Orestes: ¿hasta dónde puede intervenir el maestro?
Hay conflictos que parecen terminar cuando alguien pide disculpas, cuando se alcanza un acuerdo o cuando una autoridad toma una decisión. Sin embargo, no siempre ocurre así. Algunas ofensas permanecen, las versiones de lo sucedido se contradicen y quienes se sienten perjudicados pueden considerar que ninguna respuesta es suficiente. Entonces surge una pregunta difícil: ¿quién decide qué es justo cuando todos creen tener la razón?
En esta décima sesión nos acercaremos a la historia de Orestes, perseguido por las Furias después de vengar la muerte de su padre. Su tragedia nos permitirá pensar en la distancia que existe entre la venganza, el castigo y la justicia, así como en la necesidad de establecer límites a nuestras propias decisiones.
Desde allí nos ocuparemos de un problema cercano al ejercicio docente: ¿qué hacer cuando un conflicto escolar supera las posibilidades del diálogo? ¿Cuándo es pertinente mediar y cuándo resulta necesario acudir a otras instancias? ¿Qué responsabilidades tiene el maestro frente a situaciones que pueden comprometer los derechos y la integridad de sus estudiantes?
Estas preguntas acompañarán nuestra aproximación al Directorio de Protocolos de Atención Integral para la Convivencia Escolar, de la Secretaría de Educación de Bogotá. Nos interesa comprender cómo se relacionan las decisiones pedagógicas con las responsabilidades institucionales y por qué, en determinadas circunstancias, intervenir adecuadamente también significa reconocer hasta dónde podemos actuar.
La historia de Orestes sirve para comprender que no basta con querer resolver un conflicto: también debemos preguntarnos si nuestra manera de intervenir puede producir una nueva injusticia. Y es justamente aquí donde aparece la relación con Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Mientras Orestes habita un mundo en el que la violencia se prolonga porque cada ofensa parece exigir una nueva venganza, Huxley nos presenta una sociedad que ha conseguido reducir los conflictos visibles mediante el condicionamiento de sus habitantes, el control de sus deseos y la renuncia a buena parte de su libertad. En un extremo, la violencia amenaza con destruir la convivencia; en el otro, la tranquilidad se consigue al precio de impedir que las personas decidan por sí mismas. Entre esas dos posibilidades queda una pregunta que nos acompañará durante la sesión: ¿cómo construir una convivencia en la que sea posible disentir, reclamar justicia y resolver los conflictos sin recurrir a la violencia ni sacrificar la libertad?
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